Dentro de los topónimos japoneses se esconde una especie de segundo mapa. Un mapa que no indica cómo es el lugar ahora, sino lo que fue.
Los caracteres que aparecen en las direcciones suelen describir el relieve original: montañas, ríos, bosques, castillos, estanques. Hay muchos idiomas que graban la geografía en sus nombres. Lo interesante de Japón es que el alcance no se queda solo en lo geográfico. Historia, creencias populares, recuerdo de cosas que desaparecieron hace siglos — todo puede quedar registrado en un topónimo.
Nombres cuyo origen ya no existe
Algunos topónimos japoneses apuntan a cosas que dejaron de estar allí hace mucho tiempo.
«Kajichō», en Tokio, significa literalmente «el barrio de los herreros». Los artesanos se trasladaron, pero el nombre se quedó. «Bakurōchō» quiere decir «el barrio del comercio de caballos»; la denominación se conserva varias generaciones después de que cerrara el mercado de ganado. «Sakamachi» significa «el barrio de la cuesta»: aunque hoy el terreno esté nivelado, el nombre sigue contando que allí hubo, en su día, una pendiente importante.
Kioto es un caso particularmente claro. Los nombres del palacio imperial, de los templos, de los mercados y de los gremios artesanos que organizaron la ciudad hace mil años siguen, en muchos casos, intactos en las calles actuales. Pasear por el centro fijándose en los nombres es leer, en versión condensada, la historia de la ciudad.
Nombres que conservan miedo o advertencia
Hay topónimos que cargan una memoria más densa. Catástrofes, batallas, ejecuciones, lugares donde algo se torció de manera grave.
Un nombre como «Kubikiri-zaka» («la cuesta de la decapitación») puede señalar un sitio donde antiguamente hubo ejecuciones públicas. Estos nombres no se han borrado de la superficie. Se han conservado, en parte como advertencia, en parte como registro de lo que ocurrió allí.
«Jigokudani» («el valle del infierno») suele aplicarse a zonas geotérmicas donde brotan vapores y aguas hirviendo. Es a la vez una descripción precisa del paisaje y un eco de la antigua intuición de que la fuerza desatada de la naturaleza estaba ligada a lo sagrado y a lo temido.
Un topónimo como «Hitotsubashi» («un solo puente») puede transmitir que allí hubo, en un punto estratégico, el único paso para cruzar un río o un obstáculo.
Nombres que marcan los límites de lo sagrado
A veces, mucho después de que un santuario o un templo haya menguado, se haya trasladado o haya desaparecido, su existencia sigue inscrita en el nombre del lugar.
Si en el topónimo aparece «miya» o «jingū», es muy probable que allí hubiera — o haya todavía — un santuario. Los que contienen «tera» señalan un templo. Los que incluyen «torii» indican que en su día se alzaba un torii a la entrada de un espacio sagrado. El recinto sagrado puede haber desaparecido; el nombre sigue.
En ciudades como Tokio, sometidas a sucesivas reconstrucciones, esos rastros toponímicos son a veces la única pista de cómo se organizaba el espacio anteriormente. El topónimo «Shimbashi» («puente nuevo») conserva la memoria de la infraestructura que sostuvo el primer crecimiento de la ciudad. «Torii-zaka» («cuesta del torii») recuerda que más allá había un acceso a un santuario.
Nombres que conservan la memoria del entorno natural
Los ríos cambian de curso. Las marismas se rellenan, los bosques se talan. Los caracteres de los topónimos guardan a menudo el paisaje anterior a ese cambio.
Los nombres que llevan «ike» («estanque») suelen situarse cerca de estanques que ya no están. Los barrios cuyo nombre contiene «numa» («marisma») se levantaron sobre zonas pantanosas o muy cerca de ellas. Las calles que incluyen «hama» («playa») antes corrían junto a un litoral que hoy queda lejos por culpa de los rellenos.
Por eso, los topónimos funcionan también como un registro informal de geología y ecología. Permiten saber cómo era el lugar antes de la intervención humana. Desde el punto de vista de la prevención de catástrofes, se ha señalado que las zonas cuyo nombre evoca inundaciones, corrimientos de tierra o antiguas marismas tienden a ser más vulnerables de lo que aparentan.
Cómo aplicarlo en un viaje
No hace falta saber japonés con detalle para empezar a leer así. Basta con familiarizarse con un puñado de caracteres: montaña, río, bosque, castillo, miya / jingū, tera, puente, cuesta.
Si, paseando por un sitio desconocido, en el mapa aparece el nombre de una calle o de un barrio con alguno de esos caracteres, es como mirar el registro de lo que hubo allí. El camino puede estar hoy llano y el nombre seguir diciendo «aquí hubo una cuesta». Toda una manzana puede estar cubierta de edificios mientras el nombre afirma «aquí, antes, había un bosque sagrado».
El paisaje que el siglo XX sobrescribió en Japón se puede imaginar, en buena parte, a partir de los nombres que el siglo XX heredó. Una arqueología pequeña, abierta a cualquiera que mire con atención.